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El reino del tigre, Chiang Mai, Tailandia.

tigre tailandia

Tengo que decir que soy un amante de los animales. Desde siempre me han fascinado todos, absolutamente todos. Cuando he visto alguno lo he tocado, me daba igual lo que me decían en casa, “no toques a ningún perro tras una cancela, te puede morder”. A mi me daba igual, yo miraba al animal a los ojos y sabía si podía meter la mano o no. Recuerdo el caso de un amigo al que un dóberman le arrancó, literalmente, los músculos de un brazo por meter la mano a través de una verja para acariciarlo. Habiendo vivido un caso así tan de cerca debería haber cambiado mi forma de actuar, pero no.

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Ejemplares de tamaño medio jugando.

Os cuento esto para que entendáis un poco mejor mi reacción y mi texto al visitar el maldito lugar que visité. El reino del tigre, en la ciudad de Chiang Mai.

Con la moto alquilada conduje hacia el reino del tigre. Mientras me iba acercando vi un aparcamiento lleno de vehículos que habían llevado a muchísimos turistas. El retraso que mostraba el gps me hizo pensar en un primer momento que ese no era mi destino. ¡Menos mal!, pensé, porque se parecía a los circos de los que suelo huir. Desgraciadamente, unos minutos más tarde mi gps actualizó la localización y me marcó que me había saltado el lugar que buscaba. ¡Mierda!, no me digas que era ahí atrás, volví a pensar. Pues sí, ese enorme aparcamiento era la antesala del circo al que desafortunadamente me dirigía.

Tras coger unos tickets, que te indicaban el número de personas que éramos, atravesamos una barrera, aparqué mi moto y fui a sacar la entrada para ver a estos preciosos animales.

A la venta hay varias opciones, todas ellas pensadas, evidentemente, para sacar el mayor rendimiento económico. Tienen a los tigres clasificados por tamaños: los más pequeños, los pequeños, los medianos y los grandes. Y en función de esta característica puedes escogerlos individualmente o bien contratar los diferentes paquetes de visita que los dueños del «cotarro» ofrecen, una «buena» artimaña, ¡sí señor! (sarcásticamente hablando). Por lo general, la gente suele querer ver a los más pequeños y/o a los más grandes, de ahí que los incluyan juntos en los paquetes más caros. Mientras que en los paquetes más baratos incluyen al pequeño y al mediano constantemente. Un circo preparado para sacar el máximo beneficio de un negocio. Un maldito negocio en el que los tigres salen perdiendo, como en otros muchos casos donde los animales son sometidos a barbaries para que algún ***** se lucre.

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Son unos animales espectaculares.

Una vez compras el ticket te encaminas hacia la puerta de entrada. Tras atravesarla encuentras una enorme jaula con pájaros, y siguiendo recto pasamos junto a un pequeño lago hasta dar con el primer horror: una jaula de unos 70m2, rodeada de una valla metálica, en la que están los tigres más pequeños. Mientras tanto, los turistas esperan ansiosos su turno, contemplando la pantalla LCD de 32″ en la que aparecerán las cuatro cifras de tu entrada.

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El pequeño adormilado.

 Yo visité primero los medianos. Al ser los menos visitados no tuve que esperar y solo entré con una pareja dentro de la jaula. El adiestrador o el ejecutor, no sé cómo denominarlo, estaba con nosotros y nos indicaba qué hacer y qué no hacer. Sobre todo, nos informaba de que posáramos, que nos pusiéramos detrás del pobre tigre recostados, que les acariciáramos el lomo y que no les tocáramos la cabeza.

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Detalle de la mandíbula.

En la jaula había una pequeña charca artificial donde los animales se podían zambullir o beber. Estuve con unos 4 tigres medianos. Ya esta primera toma no me gustó mucho, pero al menos los animales parecían estar bien, tranquilos e incluso jugaban. Pero nada más lejos de la realidad.

Esa fue la sensación que me llevé porque fui a las 16:00 y cerraban a las 18:00, por lo que la gran mayoría de los turistas ya se habían marchado. Y supongo que también influyó el hecho de visitar la jaula de los tigres medianos, que eran precisamente los que menos visitas recibían.

Salí de la jaula a los 15’. Y a partir de ese momento empecé a hacer números. Siguiendo esa regla, en una hora pueden entrar 4 grupos a las jaulas. Comprobé además que cada grupo podía ser de hasta 10 personas a la vez. Eso se traduce en 40 personas la hora, rondando alrededor de los tigres, acariciándolos, tomándoles fotos… Desde la hora de apertura hasta el cierre serían por tanto 360 personas. Como no puedo asegurar que a diario se cumpla esa cifra, tomaré la mitad como una media orientativa: 180 personas al día. Habrá días que serán más y otros días menos, pero para hacer un cálculo aproximado partiremos desde esa cifra. Si contabilizamos las 180 personas que entran diariamente durante los 3 meses de temporada alta (y contando para redondear que cada mes son 30 días) suman un total de 16200. Todo ellos sin contar la temporada baja. Imaginad que sois el tigre y que durante tres meses tenéis que aguantar a 16200 personas mientras estáis encerrados en una jaula…

Tras la visita a los medianos, fui a echar un vistazo a los más pequeños. Al principio, debo reconocer, me quedé embobado viéndolos. ¡Qué criaturas tan espectaculares! Justo antes de entrar, empecé a observar conductas raras en los cachorritos. Un entrar y salir de personas al recinto, todos queriéndose hacer la foto de rigor y ellos intentando alejarse, buscando a un lugar apartado, por lo general las esquinas, y evitando también la reja.

La cara de estos animales mostraba cansancio, agotamiento. Me imaginé a mí mismo cuando tengo mucho sueño y no consigo dormirme por algún ruido o porque esté incómodo. Seguro que vosotros también habéis tenido esa sensación alguna vez. Ojos cansados, las venas de las sienes te laten, los párpados te pesan, estás reventado, pero no consigues conciliar el sueño. Así estaban esos animales. La irritabilidad se palpaba en el aire y algunos se peleaban entre ellos. Cuando intentaban irse a descansar a algún lado de la estancia, los subnormales de los «adiestradores», porque para mí no tienen otro nombre, los cogían de los rabos y los estiraban hacia los turistas.

tigre tailandia

A estos por suerte los dejaron descansar unos segundos.

 Cuando llegó mi turno entré, pero no deseaba participar en ese circo. Me senté cerca de uno y este se fue, pero no lo seguí y cuando el trabajador me lo acercó le dije que no lo hiciera, que lo dejara en paz, ya se acercaría él si quería. No deseaba obligar al pequeño tigre a hacer nada que no quisiera. Si la decisión del animal era no estar conmigo, no me importaba. Podría disfrutar haciéndole fotos con mi 24-70 sin perturbarle demasiado.

Mientras me tumbé buscando una perspectiva, uno se subió encima mía y empezó a hacerme caso. Vino otro y se unió a la fiesta, incluso llegué a tener a tres a mi alrededor, más un modelo que posaba tranquilamente delante de mi cámara a escasos 50 cm de mi objetivo.

tigre tailandia

Ejemplares pequeños entreteniéndose. Detrás, las hordas de turistas.

Mi carácter cambió, sentí que al menos estaban conmigo porque querían estar, no porque un gili**** le tirara del rabo y me lo acercara. Incluso pude coger a alguno, pero eso sí, en cuanto él quiso irse le dejé que se deslizara entre mis manos.

Cuando me llevaron donde estaban otros más pequeñitos me di cuenta que tenía que salir de allí. Me estaba causando mal el continuar dentro. Estos pequeñazos estaban en una esquina totalmente dormidos, muy cansados, los intentaron mover para acercármelos y no podían ni abrir los ojos, seguían durmiendo como podían. En seguida les dije que era suficiente, que ya me marchaba para que al menos pudieran descansar un poco hasta que llegara el siguiente turista.

Tras dejar la jaula atrás, me topé con 4 jaulas donde había dentro tigres albinos. Unas pequeñas jaulas de 3×3 en las que solo tienen espacio para tumbarse y nada más. Penoso.

Al salir de ese recinto cogí mi entrada para los tigres grandes y se la di al primer turista que entró. No podía seguir allí dentro, necesitaba irme, se me puso un nudo en el estómago, tenía que darme el aire. Sentí impotencia por no poder parar aquello.

Recuerdo la primera vez que estuve en Tailandia,en el 2010. Visité los tigres que hay en Kanchanaburi, en un templo conviviendo con los monjes. Esa fue una experiencia totalmente diferente, recomendable al 100%. Lamentablemente, la última noticia que tengo de este templo es que el gobierno lo cerró.

Nota-Este texto lo escribí en 2014. 

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