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Me alegro de que hayas llegado hasta aquí y no te hayas quedado solo en curiosear mis imágenes.

Es realmente difícil intentar lograr un buen resumen de tu vida, aunque creo que es un buen ejercicio para ver cómo te ha ido.

Podría empezar escribiendo que cuando tenía 10 años me regalaron la primera cámara de fotos, pero no empecé a utilizarla hasta 7 años más tarde. Desde entonces suelo llevar una pegada a mí, para tener recuerdos de todo lo que hago, como si algún día fuese a perder mi memoria. Supongo que me tranquiliza saber que así podré revivir mis experiencias en el futuro. Sin embargo, no sé si quiero ir tan atrás en el tiempo.

Tal vez podría hablaros de la época en la que dos de mis mejores y más antiguos amigos, que casualmente son pareja en la actualidad, me arrastraban a realizar excursiones por la Sierra de Tramontana (Mallorca). Por aquel entonces pensaba en que los lugares que visitábamos eran muy bonitos, además de tranquilos, ya que apenas había gente alrededor, y que todos y cada uno de ellos valía la pena, a pesar de ser una actividad muy cansada. Caminábamos con la mochila a cuestas, cargada de agua, comida, esterilla, saco de dormir, ropa de abrigo y demás, porque en las excursiones que hacíamos no teníamos por costumbre volver a casa el mismo día. Visto ahora, con las perspectiva que te da el transcurso de los años, debo reconocer que sufríamos, pasábamos frío y carecíamos de todas la comodidades de las que disponemos en nuestros hogares. Pero ya sabéis el dicho: "sarna con gusto, no pica". Lo peor para mí era cuando me llevaban a escalar o a "hacer un barranco" (porque lo llamábamos así), pues mi miedo a las alturas me hacía pasarlo bastante mal. No obstante, era incapaz de negarme a dichas actividades, sentía una gran necesidad por ir a escalar o rapelar.

Siempre pensaba en que tenía que conseguir recuerdos de esos días. Creía que no aguantaría mucho tiempo practicando esos deportes y que, por tanto, tenía que tener algo para recordarlos. Además solía ver a Sebas cargar con la cámara en todas las excursiones, de ahí que tenga algunos fotos de esa época, y empecé a desear poder hacer yo también mis propias fotos.

Un buen año, entré en el mercado laboral y conseguí dinero para comprarme mi primera réflex analógica, una Minolta. Con ella conocí a los que yo considero los tres pilares básicos en fotografía: la iso, la velocidad de obturación y el diafragma.  Y también aprendí que cargar con una cámara de esas dimensiones y peso cuando realizas alguna actividad o deporte en la naturaleza es muy sacrificado. 

Mi interés por la fotografía, lejos de desvanecerse, aumentaba con el paso de los años, al igual que mi afición por los deportes (y eso que cuando me inicié pensaba que no duraría). Salieron unas nuevas bicicletas con suspensión, las btt (bicicleta todo terreno) o "mountain bike", que es como empezaron a conocerse comúnmente, y decidí subirme a ese "nuevo tren". Por supuesto, mi cámara me acompañaba en todas y cada una de las salidas. Aunque nunca sufrí una caída grave con ella, siempre tenía la preocupación de caerme y clavármela en la espalda.

Empezaron a salir al mercado las réflex digitales, y fue en ese momento cuando mejoré en la captura de imágenes. Dejé a un lado mi Sony compacta con carcasa sumergible y compré la réflex más pequeña y ligera del mercado, la Canon 350D. Más tarde, esta sería sustituida por el modelo siguiente, al quedar inservible como consecuencia de inundarse mi bote estanco descendiendo un barranco.

Aquel incidente, lejos de amedrentarme, hizo que aumentaran mis ganas de conseguir fotografías dónde otros no se atreverían a tomarlas, por miedo a perder su equipo.

Las travesías con esquís, o raquetas de nieve, y las ascensiones a montañas que solo podía imaginar al ver algún documental o película iban sucediéndose, tanto en grupo como en solitario. Muy pronto comprendí que debía aprovechar mientras fuese joven, por aquel entonces no pasaba de los 25 años, para viajar a países lejanos. Pensaba que siendo más mayor, las 10 o 12 horas de vuelo en clase turista no iban a ser precisamente llevaderas. Reconozcamos que nuestro aguante no es el mismo con 20 que con 50. 

Así pues aventuré a realizar viajes de largo recorrido. El problema fue que no siempre era fácil encontrar amigos que pudieran acompañarme. 

Sin darme cuenta, y sin buscarlo, empecé a conocer personas que practicaban diferentes deportes, y fui forjando así varios grupos de amigos con los que realizar actividades tales como el buceo, el descenso de barrancos, travesías invernales, cicloturismo, trekkings... Todos tenían algo en común: estaban encantados de que yo fuese el fotógrafo del viaje o aventura y, como favor, me ayudaban bastante con el peso extra.

Ascender el Monte Meru y el Kilimanjaro, Tanzania, el Pasochoa, Pichincha, Illiniza norte y el Cotopaxi, Ecuador, travesías por Torres del Paine y Fitz Roy descubriendo Patagonia. Vida a bordo buceando en Galápagos, isla del Coco, Mar Rojo y Roatán. Cicloturismo en Vietnam, Cuba y Nueva Zelanda... Iba experimentando y viviendo muchas aventuras, me faltaban días de vacaciones, pero yo soñaba continuamente con cual sería mi próximo desafío, hasta que cumplí los 30 y bajé el ritmo. 

Había veces que enlazaba viajes, unos con otros. Como cuando fui a Ecuador, para primero bucear en las Galápagos, dejar al grupo de submarinismo y reunirme días más tarde con mis amigos de montaña, para irnos a ascender las cimas blancas del país. Podéis estar pensando que es una locura y, en cierto modo, no os falta razón. Llegué a darme cuenta de que los viajes así no se disfrutan igual. Sin embargo, he de reconocer que la década de los 20 a los 30 ha sido la más intensa hasta ahora.

Para celebrar la entrada a los 30 visité el destino más remoto que hubiese podido imaginar, el más difícil e inaccesible: Georgia del Sur. Mis amigos y yo nos embarcamos en el barco de National Geographic, el Endeavour, como el barco de Shackleton, y conseguí fotografiar animales que ni siquiera me había planteado ver: elefantes marinos, focas, orcas, ballenas, pingüinos... Fue vivir un auténtico sueño.

A lo largo de esos años, muchos de mis amigos empezaron a formar familia, así que yo me aventuré a viajar solo. ¿Por qué no? Viajé hasta Nueva Zelanda la primera vez para recorrer la isla sur en bicicleta, sin saber inglés y teniendo que hacer 5 escalas. Fue en este viaje donde sufrí una serie de percances: la pérdida de mi equipaje y de mi bicicleta, menos mal que logré recuperar ambas cosas al cabo de los días, una lesión de rodilla, se rompió mi pasaporte, me denegaron la entrada a Singapur... Es curioso, ahora que lo estoy recordando me resulta divertido y me hace sonreír, pero cuando lo viví el 31 de Diciembre de 2007 no me pareció, como os podéis imaginar, para nada gracioso.  Tres años más tarde volví a tierras neozelandesas y alquilé una furgoneta camper. Fue mi primer viaje con este medio de transporte y me sirvió para descubrir lo maravilloso que es tener una casa rodante y la infinita libertad que te proporciona. Se abrían ante mí numerosas posibilidades y muchos lugares que visitar sin tener que preocuparme por dónde iba a comer, dormir, si era temporada baja o alta. De esta manera podía viajar mucho más relajado. Nepal,  Malasia, Singapur, Filipinas, Macedonia y República Dominicana, donde descubrí de una manera muy poco agradable que soy alérgico a la papaya, han sido algunos de los destinos que he visitado en solitario.

¿Sigues aquí? ¡Vaya, creo que he conseguido captar un poquito tu atención! Me alegro, así que voy a aprovechar esta oportunidad que me estás dando para compartir mi trayectoria contigo. Continuemos pues.

Llegó un momento en que las travesías, los viajes de buceo, el cicloturismo y las ascensiones a montañas remotas se hicieron, en cierto modo, a un lado para dar paso a un tipo de viaje diferente. Nunca he dejado la montaña y los viajes que hasta ahora he comentado, simplemente sumé mi creciente interés y necesidad de conocer las culturas de otros países, y me lancé a por más aventuras. En destinos anteriores, aunque no había sido consciente, no había llegado a conocer la realidad de sus gentes, pues no me quedaba mucho tiempo para mezclarme con ellos y aprender sus costumbres. Y ese fue el punto que me propuse cambiar.

Con cada nuevo viaje, me esforzaba por conocer lo máximo posible a las personas que en esos países vivían, e intentaba entender si teniendo referentes cometían los mismo errores que nosotros. Con el tiempo entendí, o más bien acepté, que el ser humano necesita  cometer  los mismos errores para buscar las mismas soluciones (o eso es lo que nos hacen creer).

A lo largo de estos años he colaborado en un libro, "el mundo de equipaje", he publicado algunos reportajes y fotografías en diferentes revistas, he plantado un árbol pero no he tenido hijos. Por lo que, creo que este dicho habría que cambiarlo.

Y por fin llegamos a la actualidad. Mientras escribo estas líneas ya estamos en el 2019, habiendo dejado recientemente las fiestas navideñas atrás. A mis aventuras se han sumado mi mejor amigo peludo, un perro de agua español y que creo que habla español de lo bien que nos entendemos, y la persona más maravillosa que haya podido conocer: mi mujer. Esa persona que, estoy convencido, todos deberíamos tener la suerte de tener a nuestro lado. La personita con la que deseamos pasar el resto de nuestra vida y con la que podemos compartir todas nuestras experiencias, tanto pasadas como futuras. Los hebreos tienen una palabra para denominar a esa persona: b'shert; lo que nosotros llamaríamos nuestra alma gemela.

Cuando algunas personas comentan lo aburrida que es su pareja, lo mal que se llevan o que incluso no se van a casa al terminar en el trabajo con tal de no verla, siempre me asalta la misma pregunta: ¿por qué continúan juntos? Imagino que una de las razones puede ser que no tengan el valor suficiente de dejar atrás ese lastre. Creo que una vez que te has acostumbrado a lo que tienes y piensas que esa es la dinámica de las relaciones, típica, común y real, te da miedo lanzarte de nuevo a la soledad, a los posibles escándalos que conllevan las rupturas y los reproches por parte de algunos familiares, entre otros. Al fin y al cabo, tú ya has construido tu zona de confort en base a esa relación, ¿no? Pero quiero ir un poquito más allá, ¿por qué la gente se rinde y no continúa buscando a su b'shert? ¿Tal vez porque no saben que existe? ¿De verdad toda la sociedad al completo ha asumido que el rol de las mentiras, el aburrimiento y la rutina, las discusiones y la apatía es lo normal y lo esperable en una relación? Debo reconocer que, tiempo atrás, yo también estaba "ciego" y pensaba que ese tipo de relación insana era lo que nos esperaba a todos.

Por suerte, por una infinita suerte, he descubierto que la vida en pareja no es como algunos intentan hacernos creer. La vida en pareja ha de ser maravillosa y emocionante. Increíble, interesante y excitante. Completa, saciante, intensa. Llena de diálogos, pero también de silencios. Cargada de generosidad, amor y compenetración. Y también hay enfrentamientos, porque todos somos diferentes, pero la comunicación es tan sincera y tan asertiva que no hay lugar para los insultos, los gritos, ni las faltas de respeto. Hay entendimiento y aceptación de la otra persona, además de una muy bonita amistad.

Para terminar, que si sigues aquí te debería invitar, mínimo, a un café por aguantarme a lo largo de estas líneas, expondré brevemente las razones por las que he decidido hacer una página donde mostrar mis imágenes.

Ante las constantes preguntas y peticiones por parte de mis amistades, tales como: "hazte un Instagram y así podemos ver las fotos", "¿vas a colgar las fotos en Facebook?", "oye, ¿por qué no te haces una página web?"... Y dado que no soy muy fan de la redes sociales, pues creo que se están utilizando de la peor forma posible, me decidí por aprender algo de HTML y CSS, SEO, hosting, dominios, etc. (aquí también influyó mi curiosidad), y desarrollar mi propia web. El otro motivo es intentar poner mi granito de arena mostrando al mundo que las personas nos nutrimos de experiencias y que si te arriesgas a salir de tu barrio y conocer al pueblo de al lado, cada vez irás más lejos, dejando olvidada tu zona de confort. Solo así empezarás a valorar cosas que antes ni te planteabas y, sin embargo, no le darás tanta importancia a otras tantas que no se lo merecen. 

Que llegue ese momento, al final de tu vida, en que mires atrás y digas: "Yo lo hice todo".