viernes, 27 de noviembre de 2015

El tren de Veayangoda a Kandy


 Mientras esperamos en la estación de Veayangoda va amaneciendo el día. La pequeña ciudad o pueblo, no se muy bien como denominarlo ya que he llegado de noche y no he visto mucho, empieza a activarse. Algunos perros van estirando los definidos músculos. Empiezan a llegar personas al lugar para comenzar su día.

Son las 5:30. Llevamos una hora y hemos visto pasar varios trenes. No tengo ni idea de a donde van o de donde vienen, solo me preocupa que no se nos pase el que nos llevará a Kandy.


Después de preguntar unas 4 veces por fin aparece el nuestro. Un destartalado y sucio tren. A medida que se va deteniendo la gente se va amontonando para entrar primero en los vagones. No me entero a cual he de subir, solo se que he pagado 140 rupias y que tengo segunda clase.

Me fijo y veo que en cada vagón hay diferentes números, del 2 al 3, deduzco que el 2 corresponde a segunda clase así que tras unos empujones, achuchones y mucho esfuerzo superamos la primera prueba que es la de escalar casi 1 metro para subir al vehículo, inmediatamente pasamos al vagón y nos percatamos de que está completo. Son 4 horas de viaje, pero no pasa nada, hemos volado desde Madrid a Doha en 6 horas, 1 hora de escala, de Doha a Colombo en 4 horas, 30’ en taxi hasta Veayangoda y 2 horas de espera en la estación, pero nos da igual, estamos por fin en Sri Lanka.

Colocamos las mochilas en los altillos y nos intentamos relajar de pie en el pasillo. Noto como nos miran. Somos los únicos extranjeros en el vagón. Sus miradas demuestran que sienten curiosidad y a la vez vergüenza.

En poco tiempo un chico cede su asiento a Anto, ese gesto desencadenó el suceso que me lleva a relatar este artículo.

Nuestras caras debían demostrar el tiempo que llevábamos viajando y tengo que admitir que estas personas son muy amables tanto con los locales como con los extranjeros.

Inmediatamente una niña empuja a su hermano menor y hace sitio para que Carmen se siente junto a ella. Esa misma niña estuvo mirando a la rubia de piel blanca continuamente, con ganas de conversar pero con tanta  vergüenza que no se atrevía.


Acto seguido, un hombre se levanta. Su mujer me hace gestos para que me siente junto a ella y sin dudarlo, lo hago. Me pregunta que de donde soy, respondo que de España,"¿Where are you go?" A Kandy…y de una manera muy natural entablamos una conversación igual que Carmen, que cuando me doy cuenta está hablando con la niña y el niño de su lado.

Aparece el culpable de esta situación, Charith, le indico si quiere sentarse y me hace gestos de que no.

Charith, su madre en la ventana, el padre detrás de él y yo mismo.

El marido de la mujer va y viene con comida. Luego me enteraría de que absolutamente todos en el vagón, exceptuando nosotros, son familia y van a Bandulla de vacaciones. Sin darme cuenta me plantan unas hojas de periódico en las piernas y me dan dos trozos de pan con una salsa con cebolla y no sabría decir que más. Un manjar a esas horas ya que lo único que hemos comido ha sido galletas y poco más.

Me sorprendo tanto que me emociono, que familia tan amable. En cuanto soy consciente, todos mis compañeros tienen comida en las manos y están hablando con alguien de la familia.

El marido saca su móvil y me pregunta si puede hacerme una foto con su mujer. Por supuesto. Charith saca su móvil y hace lo mismo, poso junto a él. Veo los ojos alegres del marido y le indico que si quiere hacerse una foto conmigo y añado a Carmen que es la que está inmediatamente más cerca de mí.


Todo son risas, compartimos comida, la poca que llevamos, y me sorprende ver que cuando Raquel les da un bizcocho de chocolate que nos dieron en la aerolínea, me pregunten que es.

Charith es un adolescente como cualquier otro. Viste a la moda y tiene facebook. Nos pasamos las direcciones. Nuestra estación es la siguiente, nos despedimos y nos ayudan con todas las mochilas.


Días más tarde al aceptar su solicitud de amistad pude comprobar como las fotos que nos hicimos ya estaban en su muro y que su foto de perfil era una foto con las gafas de sol que Carmen le regaló.


Una experiencia única que nos hizo tener una entrada triunfal al país del té.

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